Vendía ensaladas de fruta, dejó la facultad por falta de sueño y hará delivery para llegar a los Juegos Olímpicos: la historia de Priscila Rodríguez

Priscila Rodríguez habla con calma, casi con timidez. Sentada en el lobby del hotel de concentración en Rosario, a pocas horas de su debut en taekwondo en los Juegos Suramericanos, se mueve poco y mantiene una postura algo encogida. En su voz asoman bondad y humildad, pero detrás de esa tranquilidad se esconde una perseverancia inquebrantable. Sobre el tatami, esa joven de gestos suaves se transforma en una atleta dispuesta a todo.

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«Perdón si hablo medio raro, es que estoy deshidratada», se disculpa ante la visita de Clarín, esbozando una tenue sonrisa que rompe el hielo. Con 18 años —cumplirá 19 en noviembre—, Priscila compite en la categoría de hasta 49 kilos y el pesaje es su primer desafío. «Ahora tengo que bajar 500 gramos nada más. Estoy bien, me vengo cuidando hace dos meses. Pero se sufre bastante porque dejás las harinas, dejás los dulces… El último día es puro sufrimiento y deshidratación. He llegado a estar cinco kilos arriba una semana antes, eso sí que se sufre. Es un deporte de peso y hay que estar muy fuerte mentalmente», detalla sobre su exigente preparación.

Esa fortaleza mental es el pilar sobre el que construyó su aún corta carrera. Nacida en el seno de una familia trabajadora de la Costa Atlántica, en Mar de Ajó, Priscila comenzó a practicar taekwondo a los cuatro años porque sus padres buscaban que aprendiera defensa personal. El destino quiso que se enamorara del combate y desde entonces no paró.

Hoy, su situación económica representa otro obstáculo. Con un único sponsor privado, la atleta bonaerense se las arregla para financiar inscripciones, viajes y estadías.

En el verano de 2025, su determinación quedó reflejada en las playas de la costa. Ante la necesidad de viajar a torneos en Brasil, Chile y Perú para ganar experiencia y puntos, no dudó: «Le dije a mi papá: ‘Bueno, pa, ya que es temporada y estoy de vacaciones, me voy a vender ensalada de frutas a la playa’. Total, ¿qué puede pasar?», recuerda.

Además, horneó empanadas, preparó alfajores de maicena y organizó rifas. Las redes sociales impulsaron sus ventas y la gente comenzó a buscarla por la arena. «Cuando me empezaron a conocer llegué a vender 50 ensaladas en un día. A veces me quedaba sin stock y le pedía a mi mamá: ‘Mami, traeme más porque me las terminé’. Venían a sacarse fotos conmigo, querían conocer mi historia», relata con ternura.

El esfuerzo le valió no solo el dinero para competir —logró un bronce en un certamen en Chile y participó en Perú—, sino también un reconocimiento inesperado que la siguió hasta las aulas universitarias. «Cuando empecé la facultad, me decían: ‘Ah, vos sos la chica que vende ensalada de frutas. Yo a vos te conozco’. Y me quedó el apodo ‘Ensalada de Frutas’, obviamente», añade.

Con el fin de perfeccionarse y entrenar con la Selección en el CENARD, Priscila tomó la decisión de dejar Mar de Ajó y mudarse a Martín Coronado, en Zona Oeste del Conurbano bonaerense, para vivir con su abuela paterna. Intentó estudiar Kinesiología en la Universidad de Buenos Aires, pero la rutina la terminó sobrepasando.

«Me levantaba a las 4 de la mañana para entrar a las 7. Salía a la 13, comía, y a las 14 ya estaba entrenando en el CENARD. Cuando terminaba mi turno ahí, iba a una academia de entrenamiento. Llegaba a casa a las 12 de la noche, comía, me bañaba y dormía solo tres o cuatro horas. No me daba el cuerpo. Estaba en la primera hora de la facultad y me la pasaba cabeceando. Tuve que dejar», explica.

Hoy, su vida está dedicada al alto rendimiento, aunque la situación económica continúa siendo un desafío. Con torneos en el horizonte inmediato, Priscila aún no sabe si podrá pagar la inscripción del PATU 12, que se disputará el próximo mes. Por eso, mientras entrena de lunes a sábado en doble turno, busca un trabajo para obtener un ingreso extra.

«Tengo muy poca experiencia laboral, quizá esa sea la razón por la que no me toman. También es cierto que por los entrenamientos no puedo tener un trabajo fijo de ocho horas. Por eso pensé en ser delivery por aplicación. Es lo que tengo en mente: salir en bicicleta o que un día una tía me preste una moto para poder moverme y tener otros ingresos», confiesa sobre la posibilidad de repartir comida para poder viajar y representar al país.

En Mar de Ajó, su red de apoyo continúa firme. Su papá se convirtió en su mánager ad honorem: publica en redes sociales, habla con conocidos y busca patrocinadores. Su mamá, paciente oncológica, es su mayor ejemplo de lucha diaria. «Ella tiene que dedicarse a su salud, que es lo principal», enfatiza Priscila con madurez. Sobre su abuela solo tiene palabras de agradecimiento: «A veces, cuando corto peso, llego de entrenar y no quiero cruzar muchas palabras. Me baño y me acuesto, pero ella me atiende como a su hija, sé que me ama y me cuida un montón», sostiene.

Aislada en la concentración

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